Convocadas a revisar y renovar nuestra opción

Cada cinco años las hermanas Misioneras Dominicas somos convocadas a revisar, evaluar y proyectar nuestra vida y misión en el mundo. Empezamos un proceso de reflexión en las comunidades que luego compartimos a nivel de los países y provincias y que tiene como momento clave la celebración de nuestro Capítulo General , en el que hermanas delegadas de los cinco continentes nos encontramos para reflexionar, celebrar, compartir, replantear nuestra vida y misión y elegir a las hermanas que formarán el Equipo General que coordinará nuestra Congregación los próximos cinco años.

Esta vez nuestro Capítulo General se celebra durante el mes de mayo 2006 en Madrid. Para nosotras este es un acontecimiento de gracia y a la vez un desafío que nos invita a preparar nuestro corazón y nuestra mente para asumir responsablemente lo que el Espíritu nos pide desde las situaciones que viven nuestros hermanos y hermanas más empobrecidos.

Queremos hacer memoria de nuestra Fundadora Madre Ascensión Nicol, beatificada el 14 de mayo del 2005, como mujer que supo escuchar la voz de Dios desde el clamor del pobre. Deseamos aprovechar esta ocasión para reavivar en cada una de nosotras la pasión que ardía en su corazón y le condujo a los más pobres y débiles, siendo en medio de ellos expresión del amor compasivo y misericordioso del Dios de la Vida. Nos sentimos retadas por el itinerario espiritual de una mujer que optó por seguir la senda de la santidad por el “camino carretero” de la sencillez, la humildad, la radicalidad y la entrega total.

La propuesta de trabajo previo y durante el Capítulo quiere, en primer lugar, invitarnos a hacer memoria de la experiencia primigenia de la que surgió nuestro Carisma porque es la inspiradora de nuestra opción misionera tanto en su inicio como en la etapa de la vida en la que nos encontramos. Esta memoria es el agua que nutre nuestras raíces y el fuego que alimenta nuestra pasión por el Reino.

Hacer memoria nos lleva a rescatar las mejores intuiciones, sueños, anhelos que alimentaron el proyecto misionero de las primeras hermanas y comunidades animadas por M. Ascensión. También aquellas que nos habitaron a cada una de nosotras en el inicio de nuestra opción misionera y nos habitan siempre que nos dejamos invadir por la fuerza del Señor.

Hacer memoria tiene que ver con la calidad y consistencia con la que vivimos la cotidianidad, porque es donde podemos verificar si esta actitud mística integra, aglutina y dinamiza todas las dimensiones de nuestra vida.

Pero hacer memoria es arriesgado y comprometido. Una buena memoria nos conducirá siempre a otra dimensión que es igualmente nuclear en nuestra identidad misionera: la dimensión profética .

Así como para emprender un vuelo son necesarias dos alas, así nosotras deseamos seguir este proceso de reflexión y evaluación impelidas por la fuerza que proviene de hacer memoria de lo que nuestros Fundadores intuyeron por la acción del Espíritu y por la fuerza de la profecía que encierra para nosotras hoy.

La profecía es un don que hay que acoger y al que hay que responder. Esta dimensión es inherente a la Vida Consagrada, un don que Dios ha dado a quienes ha llamado a esa forma de vida cristiana. Como Jesús, quienes hacemos de su seguimiento opción de vida, debemos sentirnos en plena sintonía con la pasión de Dios por su pueblo, entusiasmadas por su proyecto y dispuestas a darlo todo por él.

La palabra profética que se espera de nosotras es aquella que se expresa a través de la voz que anuncia la esperanza y denuncia la injusticia, del gesto solidario, del testimonio de una vida centrada en el Reino, de una presencia silenciosa junto a aquellos y aquellas que lo necesitan y de otras muchas expresiones de cercanía y compromiso. Es aquella que nace de una profunda comunión con Dios y su proyecto cuando nada se antepone a éste.

De ahí que sea una Palabra inquietante y con capacidad transformadora. Llega al corazón de las personas abriéndoles nuevos horizontes en su vida y cuestionando las defensas egoístas que cada una ha ido construyendo; habla al mundo denunciando la injusticia y convocando a todos los hombres y mujeres a unir sus corazones y sus fuerzas para ir construyendo ese “nuevo mundo” según el designio de Dios.