Nuestras Mártires del Congo

Nuestro camino es el de Dios, y si hemos de morir, moriremos pero no podemos abandonar la misión”

 

Las Misioneras Dominicas hemos experimentado en carne propia la gracia del martirio: ofrendar la propia vida por la causa de los pobres, que es la causa de Dios.

 

Nuestras cuatro hermanas mártires, María Justa, María del Buen Consejo, María Cándida y María Olimpia, dieron testimonio del profundo amor que las vinculaba al pueblo, su fidelidad a Dios se vistió de nombres y rostros concretos de quienes cuidaban día a día en su trabajo de enfermeras, a quienes acompañaban y educaban en la fe. Día y noche lucharon por la vida de los demás, comprometidas totalmente, de tal forma que no quisieron abandonar su misión, aún teniendo la posibilidad de hacerlo.

 

Estas cuatro mujeres abrazaron su vocación misionera encarnándose en el pueblo congoleño, el cual vivía una realidad política y social compleja. La misión de Stanleyville se abrió en Marzo de 1960, y tres meses después el país declaró su Independencia del dominio Belga. Fue un tiempo de mucha confusión, lo cual se convierte en caldo de cultivo para la manipulación ideológica. La salida de los colonos paraliza la industria, la violencia y el caos se instalan en la región, la muerte de algunos líderes locales y la confrontación entre facciones rebeldes y militares agudiza la crisis.

 

Nuestras hermanas deben pasar múltiples necesidades, faltan de recursos para atender a los enfermos y sin embargo la solidaridad del pueblo las reconforta: “La Providencia vela por nosotras; así como hacemos algo por los pobres, así también recibimos la recompensa. Una vez es una mujer que nos trae plátanos, otra una gallina y así… el Señor vela por sus misioneras”.

 

El 4 de agosto comienza un tiroteo que parece venir de la derecha del río Congo (la misión estaba a la izquierda). Se dice que los rebeldes entraron en Stanleyville, los disparos llegan hasta la misión. Pero las hermanas a pesar de la inseguridad, continúan su labor dentro de las posibilidades que tienen en ese momento, ya que el personal de salud es escaso y los trabajadores del hospital no acuden. La pregunta que resuena en sus corazones es: “¿Cómo abandonar a los enfermos? ¿Cómo abandonarlo todo y ponerse a salvo?”.

 

El 7 de agosto llegan los simbas a Stanleyville y se desencadena una masacre. Matan soldados, policías y a quienes no son de su partido. Las misiones son continuamente hostigadas. Desde el 14 de septiembre algunos misioneros son encarcelados, y hasta el 24 de noviembre, todos los misioneros prácticamente son concentrados en la ciudad. Las religiosas estaban en la casa de las franciscanas y los misioneros en la posta de policía, más tarde todos serían reunidos en este lugar.

 

El 24 de noviembre, los países involucrados en el conflicto junto con la ONU prepararan la intervención. Los prisioneros son obligados a bajar a una bodega, allí se encuentran 3 sacerdotes, 5 hermanos, 12 religiosas, 1 pastor, 1 colono y una familia que estaba en otra habitación. Desde la prisión se oyen los aviones y el combate. Las fuerzas de intervención son alejadas con los disparos de los simbas, por lo que la posibilidad de rescate de los prisioneros fue imposible.

 

Nuestras hermanas sufrieron todo tipo de torturas y vejámenes a su dignidad femenina, sin embargo aún tienen fuerzas para consolar y cuidar a los niños de la familia que estaba prisionera, ya que su madre estaba herida. El día 25 de noviembre se les obliga a alinearse junto a las paredes, los hombres a un lado y las mujeres a otro. Allí abren fuego y los fusilan. Nuestra hermana Olimpia, antes de ser decapitada toma su anillo y el de Justa y lo entrega a un hermano congoleño para que los entregue a su familia.

 

Nuestras mártires se solidarizaron con el calvario del pueblo africano, y su sangre no ha sido derramada en vano. Nosotras nos sentimos responsables de su legado y como dice una frase del mártir Monseñor Mee Muzihirwa: “La mejor manera de llorar por un amigo es continuar cultivando su campo”. Queremos seguir cultivando nuestro amor por el pueblo africano en sus luchas y anhelos de liberación, de un mañana más justo y digno.

 

 

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